La lunala no tenía forma definida. Ni siquiera color, porque se suponía que era del color del mar, y para mí el mar tiene el color que se le canta, y cambia a cada rato.
La verdad es que tampoco me lo cuestionaba mucho. La lunala era la lunala, y punto.
Supongo que en algún momento debo haber intuído que era algo mágico, como los amigos invisibles que los grandes nunca pueden ver, y si los tuvieron ya no los recuerdan, porque tampoco preguntaba a ningún mayor por esa cosa indefinida, que aceptaba casi con indiferencia.
Un día, formando para saludar a la bandera, debo haber crecido de golpe, porque separé las sílabas de otra manera y canté así:
Azul-un-ala del color del cielo,
Azul-un-ala del color del maaaar...
Y la lunala desapareció para siempre.
Como los reyes magos.
23 feb 2010
22 feb 2010
20 feb 2010
Cotidiana. SPM (las mujeres saben...)
-En días como hoy, me pega irme a un ashram de la India, ponéle.
Y vivir recluída, haciendo culto de la austeridad, castidad y silencio. Y meditando mucho, claro.
-Dejate de joder. Vos? Sin un tipo y sin pintarte las uñas de coloradito?
-Bueno, era una idea...
Todo mejora hacia media mañana con un ibualgo y un vestidito divino adquirido en Palermo Quéseyocuanto, hecho con mil pañuelos de colores y unas mangas alucinantes. Muy Rapsodia. O sea, muy India.
Ecléctica.
Aunque algunos le dicen perder el norte.
Y vivir recluída, haciendo culto de la austeridad, castidad y silencio. Y meditando mucho, claro.
-Dejate de joder. Vos? Sin un tipo y sin pintarte las uñas de coloradito?
-Bueno, era una idea...
Todo mejora hacia media mañana con un ibualgo y un vestidito divino adquirido en Palermo Quéseyocuanto, hecho con mil pañuelos de colores y unas mangas alucinantes. Muy Rapsodia. O sea, muy India.
Ecléctica.
Aunque algunos le dicen perder el norte.
19 feb 2010
Butterflys
Nos acercamos despacio, con mi hija Consuelo. Descalzas somos invisibles para ellas, que forman una especie de arco iris en la pared blanca del fondo. Es una nueva en mi jardín, antes nunca las había visto llegar así, tan en malón.
Si las mirás de cerca te das cuenta de que están impecablemente maquilladas, con colores que harían palidecer de envidia a Mrs Lancôme, ponéle. Algunas son medios desubicadas y vienen y se te paran en los brazos. Las patas de las mariposas no están tan buenas, porque se te prenden y tenés que pegarles un tironcito de las alas para soltarlas.
Con mucho cuidado, mami. Porque si les sacás el polvito, no quieren volar más.
Tan trolas que resultaron.
Si las mirás de cerca te das cuenta de que están impecablemente maquilladas, con colores que harían palidecer de envidia a Mrs Lancôme, ponéle. Algunas son medios desubicadas y vienen y se te paran en los brazos. Las patas de las mariposas no están tan buenas, porque se te prenden y tenés que pegarles un tironcito de las alas para soltarlas.
Con mucho cuidado, mami. Porque si les sacás el polvito, no quieren volar más.
Tan trolas que resultaron.
Fisher of mine
Cantáme algo , le decía desde la vereda de al lado, cuando salía de la casa de sus primos y lo veía sentado en la puerta, como tantas tardes de sábado. ahí en su puerta, la de los Fischer, el disfrutaba de la gente que le gustaba tanto.
Algo como qué, principesa? Porque la llamaba principesa, y a ella le parecía tan ridículo que se terminaba riendo mucho.
El la hacía reir aunque las canciones que le pedía eran tristes, tan tristes como los ojos azules que lo espiaban mientras acariciaba el acordeón, pero Enrique no decía nada. Y ella agradecía ese gesto, como las canciones que le regalaba sin negarse jamás de los jamases.
El oso? El oso de Moris, te sale?
A ver...
y le erraba un poco al tecladito ese del costado, y se hacía el payaso pero después tocaba un Moris perfecto que arrancaba lágrimas como el Adiós Nonino, que venía detrás, en el repertorio inventado para ese momento.
A veces le calzaba entre las trenzas que todavía llebava a pesar de ser casi adolescente, su boina colorada, y se la acomodaba al modo francés, decía él, que era un poco para adelante, medio de costado.
Ella apoyaba un codo en la rodilla y la mano en la pera, y pasaba un rato largo escuchándolo cantar las canciones de otros.
Después se iba, como todos los sábados, y no volvían a verse por varios meses. Pero la principesa se había reído y eso era lo importante.
Asi cantaba para ella, algunas tardes,
Pipo Pescador.
Lujo de unos pocos. Nada menos.
Algo como qué, principesa? Porque la llamaba principesa, y a ella le parecía tan ridículo que se terminaba riendo mucho.
El la hacía reir aunque las canciones que le pedía eran tristes, tan tristes como los ojos azules que lo espiaban mientras acariciaba el acordeón, pero Enrique no decía nada. Y ella agradecía ese gesto, como las canciones que le regalaba sin negarse jamás de los jamases.
El oso? El oso de Moris, te sale?
A ver...
y le erraba un poco al tecladito ese del costado, y se hacía el payaso pero después tocaba un Moris perfecto que arrancaba lágrimas como el Adiós Nonino, que venía detrás, en el repertorio inventado para ese momento.
A veces le calzaba entre las trenzas que todavía llebava a pesar de ser casi adolescente, su boina colorada, y se la acomodaba al modo francés, decía él, que era un poco para adelante, medio de costado.
Ella apoyaba un codo en la rodilla y la mano en la pera, y pasaba un rato largo escuchándolo cantar las canciones de otros.
Después se iba, como todos los sábados, y no volvían a verse por varios meses. Pero la principesa se había reído y eso era lo importante.
Asi cantaba para ella, algunas tardes,
Pipo Pescador.
Lujo de unos pocos. Nada menos.
14 feb 2010
Je le veux magique
En el escritorio de la casa de mis abuelos había una pared llena de fotos antiguas. Convivían ahí daguerrotipos ridículos de tatarabuelos desconocidos con fotos un poco mas actuales, tipo años 30 ó 40, supongo.
A mi me encantaba una en especial, que era en sepia y tenía los bordes con olitas. Alguna vez pregunté y me dijeron que fué sacada en el campo de unos amigos, en Ascochinga.
Me gustaba descolgarla y sambullirme en el sillón-de-leer de Tata para estudiarla
Me resultaba increíble que esas dos personas sentadas en una terraza gigante, hayan sido los que entonces eran mis abuelos. Ni remotamente se me había ocurrido pensar que alguna vez ellos también fueron jóvenes.
Lala tenía el pelo dorado y bastante largo, casi hasta los hombros, cubierto por un pañuelo de seda con grandes dibujos, y unos anteojos de marco claro, enormes, como de Greta Garbo. Y en las manos entrelazadas sobre las rodillas,las uñas perfectamente coloradas y el anillo de piedra azul que usaba en el dedo mas chico, dos cosas que heredé.
Tata llevaba una boina a cuadritos chiquitos, parecida a las que usaba en el campo todos los días, y se hacía sombra con una mano, tipo visera, para tapar el sol y ver. No miraba a quien estaba sacando la foto, ni a las sierras. La miraba a ella.
Había algo en esa mirada que me decía que alguna vez se habían amado mucho, y a mi me daba vergüenza admitirlo.
Como cuando terminaban de comer, alguna noche cualquiera entre semana y porque si, abrían un suter etiqueta marrón que era lo que se debía tomar entonces, y ponían en el tocadiscos a Louis Armstrong o Ella Fitzgerald y bailaban C'est si Bon, muy cheek to cheek, y se daban picos en la boca. Ahí era donde yo salía escandalizada de mi escondite para poner fin a tal idilio. Ellos se reían y se daban picos mas largos, mientras yo me tapaba los ojos y gritaba: Puajjjjjjjjjj! Que ascoooo!!!
Si. Era obvio que se adoraban, aún después de tantos años.
Lo que a mí en ese momento me avergonzaba,
hoy se me antoja mágico.
A mi me encantaba una en especial, que era en sepia y tenía los bordes con olitas. Alguna vez pregunté y me dijeron que fué sacada en el campo de unos amigos, en Ascochinga.
Me gustaba descolgarla y sambullirme en el sillón-de-leer de Tata para estudiarla
Me resultaba increíble que esas dos personas sentadas en una terraza gigante, hayan sido los que entonces eran mis abuelos. Ni remotamente se me había ocurrido pensar que alguna vez ellos también fueron jóvenes.
Lala tenía el pelo dorado y bastante largo, casi hasta los hombros, cubierto por un pañuelo de seda con grandes dibujos, y unos anteojos de marco claro, enormes, como de Greta Garbo. Y en las manos entrelazadas sobre las rodillas,las uñas perfectamente coloradas y el anillo de piedra azul que usaba en el dedo mas chico, dos cosas que heredé.
Tata llevaba una boina a cuadritos chiquitos, parecida a las que usaba en el campo todos los días, y se hacía sombra con una mano, tipo visera, para tapar el sol y ver. No miraba a quien estaba sacando la foto, ni a las sierras. La miraba a ella.
Había algo en esa mirada que me decía que alguna vez se habían amado mucho, y a mi me daba vergüenza admitirlo.
Como cuando terminaban de comer, alguna noche cualquiera entre semana y porque si, abrían un suter etiqueta marrón que era lo que se debía tomar entonces, y ponían en el tocadiscos a Louis Armstrong o Ella Fitzgerald y bailaban C'est si Bon, muy cheek to cheek, y se daban picos en la boca. Ahí era donde yo salía escandalizada de mi escondite para poner fin a tal idilio. Ellos se reían y se daban picos mas largos, mientras yo me tapaba los ojos y gritaba: Puajjjjjjjjjj! Que ascoooo!!!
Si. Era obvio que se adoraban, aún después de tantos años.
Lo que a mí en ese momento me avergonzaba,
hoy se me antoja mágico.
12 feb 2010
Uno de miedo
Todo empieza cuando alguien comenta, en la ronda formada cerca del fuego, que una conocida muere de extraña manera durante una cacería en Francia.
Las sombras que dibuja la fogata sobre las caras familiares y tal vez el vino, un torrontés del sur, crean clima propicio para los cuentos fantasmales, como una especie del juego ese de la copa y la mesa de tres patas que jugabamos las noches de tormenta cuando eramos chicos, pero esta vez, entre gente adulta.
Todos saben una versión del cuento de la casona de San Isidro, donde dos hermanas duermen agarradas de las manos una noche, y al día siguiente se dan cuenta de que, por la distancia que había entre sus camas, jamás podría haber sucedido.
Muchos conocen el caso,(y hay quienes juran que les pasó a ellos), de la señora que levantan haciendo dedo y en una oscura curva cerrada les advierte, señalando con un pálido y escuálido índice, Cuidado! Esta curva es peligrosa!! , para desaparecer en el acto..
O el cuento del adolescente que siente voces que no lo dejan dormir,y rasgan sus sábanas de noche, hasta que un cura le sugiere que rece por las almas del purgatorio, que se lo estan pidiendo. Y lo hace. Y desde ahí, nunca más las voces.
La tormenta se siente mas cerca. El vino, áspero en la garganta...
- Ya les dije que a mí me dá pánico lo sobrenatural? Please, aflojen con los fantasmas y esas pelotudeses, porque la paso como el culo, yo.
Se vé que se apiadan de mí, o que hay sueño, porque empieza a levantarse la ronda y cada uno marcha lentamente a su cuarto.
En el mío se sienten los murciélagos que andan por el techo, pero eso no me importa nada. El ruido reiterativo, como golpecito de mano en el vidrio de la ventana, si.
Aunque trate de autoconvencerme de que es la perra con la cola, o cualquier otra explicación racional, no puedo tranquilizarme.
Duermo con una luz chiquita prendida. Total, mañana puedo decir que me venció el libro que leo y que caí rendida con él en las manos.
O puedo decir que sí, que tuve miedo, también.
Las sombras que dibuja la fogata sobre las caras familiares y tal vez el vino, un torrontés del sur, crean clima propicio para los cuentos fantasmales, como una especie del juego ese de la copa y la mesa de tres patas que jugabamos las noches de tormenta cuando eramos chicos, pero esta vez, entre gente adulta.
Todos saben una versión del cuento de la casona de San Isidro, donde dos hermanas duermen agarradas de las manos una noche, y al día siguiente se dan cuenta de que, por la distancia que había entre sus camas, jamás podría haber sucedido.
Muchos conocen el caso,(y hay quienes juran que les pasó a ellos), de la señora que levantan haciendo dedo y en una oscura curva cerrada les advierte, señalando con un pálido y escuálido índice, Cuidado! Esta curva es peligrosa!! , para desaparecer en el acto..
O el cuento del adolescente que siente voces que no lo dejan dormir,y rasgan sus sábanas de noche, hasta que un cura le sugiere que rece por las almas del purgatorio, que se lo estan pidiendo. Y lo hace. Y desde ahí, nunca más las voces.
La tormenta se siente mas cerca. El vino, áspero en la garganta...
- Ya les dije que a mí me dá pánico lo sobrenatural? Please, aflojen con los fantasmas y esas pelotudeses, porque la paso como el culo, yo.
Se vé que se apiadan de mí, o que hay sueño, porque empieza a levantarse la ronda y cada uno marcha lentamente a su cuarto.
En el mío se sienten los murciélagos que andan por el techo, pero eso no me importa nada. El ruido reiterativo, como golpecito de mano en el vidrio de la ventana, si.
Aunque trate de autoconvencerme de que es la perra con la cola, o cualquier otra explicación racional, no puedo tranquilizarme.
Duermo con una luz chiquita prendida. Total, mañana puedo decir que me venció el libro que leo y que caí rendida con él en las manos.
O puedo decir que sí, que tuve miedo, también.
Lo que aprendí estos días
Que los bebes de siete meses todavía no gatean.
Que los chichones en la frente de los bebes de siete meses se curan con manteca.
El significado de andar en ancas: Pertenecía a la cultura del yo-solita, antes...
Que los sapos pueden sobrevivir a casi todo, incluso a un par borregos aburridos.
Que si rezo con mucha fuerza a la noche y creo en lo que estoy pidiendo, la tormenta pasa de largo.
A hacer tortas con lo que hay. Y a hacerles creer a los demás que es flan-pie, una especialidad de la casa.
A llegar sin gps y sin perderme casi en ningún caminito de tierra.
A escuchar. Cebando mates, sin intentar imponerme. Y lo lindo que se siente.
A secar lágrimas y dejar que sequen las mías.
Que la Cruz del Sur es un privilegio que tenemos los de este hemisferio y nadie más, por mas primer mundo que sean.
Que se puede calentar agua en una botella de plástico sobre las brasas y no se derrite. ( Y que muchas veces tengo que tocar las llagas para creer, como en este caso)
Que puedo construir con una ramita de árbol y algo de idea, una varita de Saorí... para encontrar el amor de mi vida.
Que los hijos crecen todos los días, aunque no lo veamos y que recién me doy cuenta cuando galopan delante mío, de que ya son tan grandes.
Y que esa sonrisa enorme de dientes blancos y su larguísimo pelo rubio que me espera en la tranquera, es el refugio calentito y seguro, al que siempre quiero volver.
Hay alguien ahí?
Que los chichones en la frente de los bebes de siete meses se curan con manteca.
El significado de andar en ancas: Pertenecía a la cultura del yo-solita, antes...
Que los sapos pueden sobrevivir a casi todo, incluso a un par borregos aburridos.
Que si rezo con mucha fuerza a la noche y creo en lo que estoy pidiendo, la tormenta pasa de largo.
A hacer tortas con lo que hay. Y a hacerles creer a los demás que es flan-pie, una especialidad de la casa.
A llegar sin gps y sin perderme casi en ningún caminito de tierra.
A escuchar. Cebando mates, sin intentar imponerme. Y lo lindo que se siente.
A secar lágrimas y dejar que sequen las mías.
Que la Cruz del Sur es un privilegio que tenemos los de este hemisferio y nadie más, por mas primer mundo que sean.
Que se puede calentar agua en una botella de plástico sobre las brasas y no se derrite. ( Y que muchas veces tengo que tocar las llagas para creer, como en este caso)
Que puedo construir con una ramita de árbol y algo de idea, una varita de Saorí... para encontrar el amor de mi vida.
Que los hijos crecen todos los días, aunque no lo veamos y que recién me doy cuenta cuando galopan delante mío, de que ya son tan grandes.
Y que esa sonrisa enorme de dientes blancos y su larguísimo pelo rubio que me espera en la tranquera, es el refugio calentito y seguro, al que siempre quiero volver.
Hay alguien ahí?
8 feb 2010
Mañana...
Me voy a hacer tortas de limón, a mirar las estrellas, a contar cuentos inventados a hijos propios y ajenos, a abrazar amigos, a comer asaditos al lado del fuego, a huir de un tero, a andar a caballo con Isa y con Vicky y conversar mucho por el camino de vuelta, y a planchar mis pensamientos hasta convertirlos en llanura pampeana.
Me voy al campo, ya lo dije?
Me voy al campo, ya lo dije?
7 feb 2010
Live together, forever and ever
Hay detalles en la vida diaria que hablan mas de nuestra personalidad que un test de Roscharch, poe ejemplo.
Estamos los que nos tiramos despatarrados en un sillón y cambiamos cada medio segundo la programación de la tele, haciendo zapping hasta encontrar algo mas o menos razonable, con lo primero que sacamos de la heladera, que puede ser una banana, o un pote de dulce de leche con la cuchara fría, porque estaba también dentro del pote y en la heladera, claro.
Y estan los que sacan lápiz de color y marcan la revista del cable, planificando lo que van a ver ese día. Las aventuras de pocoyo, que empiezan en diez minutos veinte segundos, y analizan si Patito feo ó un documental de amebas australianas. Todo eso sentados a la mesa, con galletitas y manteca repartida perfecta hasta tapar todos los bordes de la criollita en cuestión. Y en un plato.
Yo vivo con alguien así.
Increiblemente lo parí. Y todavía no lo interné en el Borda por transtorno obsesivo compulsivo.
Estamos los que nos tiramos despatarrados en un sillón y cambiamos cada medio segundo la programación de la tele, haciendo zapping hasta encontrar algo mas o menos razonable, con lo primero que sacamos de la heladera, que puede ser una banana, o un pote de dulce de leche con la cuchara fría, porque estaba también dentro del pote y en la heladera, claro.
Y estan los que sacan lápiz de color y marcan la revista del cable, planificando lo que van a ver ese día. Las aventuras de pocoyo, que empiezan en diez minutos veinte segundos, y analizan si Patito feo ó un documental de amebas australianas. Todo eso sentados a la mesa, con galletitas y manteca repartida perfecta hasta tapar todos los bordes de la criollita en cuestión. Y en un plato.
Yo vivo con alguien así.
Increiblemente lo parí. Y todavía no lo interné en el Borda por transtorno obsesivo compulsivo.
Los pies de papá
En lentas conversaciones con su padre iba
por fin limando la distancia que siempre los
había separado.
Después se despertaba.
( Ella contaba cuentos Chinos,
de Rosalba Campra)
-Bueno, flaca. Venite. Ya pasó.
Ay no...Ya?
Recién llegaba y le estaba dando de mamar a mi hijo recién nacido. En el camino de vuelta había pensado todo el tiempo en los pies de papá. Llovía y hacía mucho frío y la gente se peleaba por subir al colectivo antes que todos. Alguno me habrá puteado en silencio cuando no me movía del asiento en la siguiente parada, pero yo miraba las gotas que caían por la ventanilla y hacía como que no me daba cuenta.
Papá usaba borceguies cuando jugaba a la guerra y unas botas marrones si montaba, pero cuando estaba en casa andaba descalzo. Madre se quería morir, le parecía un espanto, un horror inconcebible. Un atropello a la urbanidad. Sobre todo cuando había invitados a la hora del té. A mi sí me gustaba, y lo esperaba para sacarme las esquipis transparentes y jugar una lucha de dedos de las que siempre salía campeona con medalla de honor y todo.
Yo era tan chica, y por supuesto, no sabía lo que traían esos zapatos que quedaban en la puerta de entrada de servicio. En mi historia existían los montoneros, que eran los chicos malos. Y nos iban a matar si no salíamos del barrio acostados sobre el asiento del falcon, escondiéndonos. Y, obvio, eso era lo mas natural del mundo. Volvía del jardín y le contaba a la maid: Adiviná que?? Hoy no me mataron!
Y no había otra parte del cuento. En verdad si la había, pero la descubrí años despues, y nadie me la contó. Fué una suerte antagónica de perdones y culpas. De olvidos y de no-me-voy-a-olvidar-nada, pero siempre supe que los pies de papá, los que luchaban conmigo, descalzos,no tenían nada que ver con sus otros pies, los que caminaban por el Campo de Mayo. Eso me ayudó a volver.
Por eso estaba ahí esa tarde que llovía afuera y adentro del hospital, y hacía frío.
Siempre hace frío en el hospital militar. y los días son grises y húmedos,aunque se les ordene que no lo sean.
Uno de mis hermanos le tocaba la cabeza mientras la enfermera soldado le limpiaba la sonda. Ya no reconocía a nadie. A veces me acercaba un poco y me decía algo. Una voz deformada, la voz de otro. Cero de la huella musical que podía escuchar en la de él. Ese no era mi papá.
Salvador, el mas chico de nosotros, se sentó en el borde de la cama y y ví como empezaba a acariciarle despacio y uno a uno los dedos del pie.
Sí que era papá.
Me quedé mirando por la ventana que daba a Luis M. Campos y me puse a llorar como una histérica.
-Que te pasa,boluda??
-Nada, forro. es que me dá nostalgia ver el 67. que se yó.
-Porqué no te vas a Libertador y dormis un rato? Estás cansada... Si pasa... te llamo.
________________________________
-Bueno, flaca. Venite. Ya pasó.
Ay no...Ya?
por fin limando la distancia que siempre los
había separado.
Después se despertaba.
( Ella contaba cuentos Chinos,
de Rosalba Campra)
-Bueno, flaca. Venite. Ya pasó.
Ay no...Ya?
Recién llegaba y le estaba dando de mamar a mi hijo recién nacido. En el camino de vuelta había pensado todo el tiempo en los pies de papá. Llovía y hacía mucho frío y la gente se peleaba por subir al colectivo antes que todos. Alguno me habrá puteado en silencio cuando no me movía del asiento en la siguiente parada, pero yo miraba las gotas que caían por la ventanilla y hacía como que no me daba cuenta.
Papá usaba borceguies cuando jugaba a la guerra y unas botas marrones si montaba, pero cuando estaba en casa andaba descalzo. Madre se quería morir, le parecía un espanto, un horror inconcebible. Un atropello a la urbanidad. Sobre todo cuando había invitados a la hora del té. A mi sí me gustaba, y lo esperaba para sacarme las esquipis transparentes y jugar una lucha de dedos de las que siempre salía campeona con medalla de honor y todo.
Yo era tan chica, y por supuesto, no sabía lo que traían esos zapatos que quedaban en la puerta de entrada de servicio. En mi historia existían los montoneros, que eran los chicos malos. Y nos iban a matar si no salíamos del barrio acostados sobre el asiento del falcon, escondiéndonos. Y, obvio, eso era lo mas natural del mundo. Volvía del jardín y le contaba a la maid: Adiviná que?? Hoy no me mataron!
Y no había otra parte del cuento. En verdad si la había, pero la descubrí años despues, y nadie me la contó. Fué una suerte antagónica de perdones y culpas. De olvidos y de no-me-voy-a-olvidar-nada, pero siempre supe que los pies de papá, los que luchaban conmigo, descalzos,no tenían nada que ver con sus otros pies, los que caminaban por el Campo de Mayo. Eso me ayudó a volver.
Por eso estaba ahí esa tarde que llovía afuera y adentro del hospital, y hacía frío.
Siempre hace frío en el hospital militar. y los días son grises y húmedos,aunque se les ordene que no lo sean.
Uno de mis hermanos le tocaba la cabeza mientras la enfermera soldado le limpiaba la sonda. Ya no reconocía a nadie. A veces me acercaba un poco y me decía algo. Una voz deformada, la voz de otro. Cero de la huella musical que podía escuchar en la de él. Ese no era mi papá.
Salvador, el mas chico de nosotros, se sentó en el borde de la cama y y ví como empezaba a acariciarle despacio y uno a uno los dedos del pie.
Sí que era papá.
Me quedé mirando por la ventana que daba a Luis M. Campos y me puse a llorar como una histérica.
-Que te pasa,boluda??
-Nada, forro. es que me dá nostalgia ver el 67. que se yó.
-Porqué no te vas a Libertador y dormis un rato? Estás cansada... Si pasa... te llamo.
________________________________
-Bueno, flaca. Venite. Ya pasó.
Ay no...Ya?
6 feb 2010
Algo nuevo
Hoy hay ganas de escribir, como casi todos los días.
Pero a veces está bueno hacerlo en papel y dejar que las palabras corran como quieran salir, sin negarles el derecho de mostrarnos lo que somos.
Estas me cuentan cosas que no sabía de mí. La calma. La paciencia. La búsqueda tranquila. La espera sin apuros.
Y las dejo ahí, porque es el lugar donde quiero que se queden
Porque las palabras una vez plasmadas en algún lugar, ya no son de quien las escribe sino de quien las necesita. Y hoy las necesito yo. Conmigo.
Mientras tanto les regalo la música, esa que seguro ya estan escuchando.
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It's like a story of love
Can you hear me?
Pero a veces está bueno hacerlo en papel y dejar que las palabras corran como quieran salir, sin negarles el derecho de mostrarnos lo que somos.
Estas me cuentan cosas que no sabía de mí. La calma. La paciencia. La búsqueda tranquila. La espera sin apuros.
Y las dejo ahí, porque es el lugar donde quiero que se queden
Porque las palabras una vez plasmadas en algún lugar, ya no son de quien las escribe sino de quien las necesita. Y hoy las necesito yo. Conmigo.
Mientras tanto les regalo la música, esa que seguro ya estan escuchando.
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Can you hear me?
5 feb 2010
Despertares
El perfecto castigo a mis cara de culo matinales es haber parido una hija que se levanta cantando.
Hija mayor es feliz desde temprano, y a mi me violenta. No el hecho de que sea una mina feliz, claro.
El silencio en mi desayuno es tan vital como el café y el jugo de naranja. Absolutamente necesario. Para encarar lo que venga, para enfocar en rutina o en la falta de ella, que sucede bastante seguido. La nada misma, versión A M.
Hija mayor es feliz desde temprano, y a mi me violenta. No el hecho de que sea una mina feliz, claro.
El silencio en mi desayuno es tan vital como el café y el jugo de naranja. Absolutamente necesario. Para encarar lo que venga, para enfocar en rutina o en la falta de ella, que sucede bastante seguido. La nada misma, versión A M.
4 feb 2010
Jámlet, con jota de Julio
Las siestas de Tata, en el campo, eran sagradas.
El estanque con sus renacuajos, las excursiones al casco viejo y las cabalgatas a pelo hasta la casa de las gringas, quedaban vedados hasta nuevo aviso.
Después de comer, los primos nos sentabamos en la galería de las hortensias, al fresquito de la sombra para aburrirnos soberanamente y esperar el fin del toque de queda, a eso de las cinco. Jugabamos al ajedrez en oficio mudo. Panchito, uno de los primos del medio, se sabía una jugada buenísima, que yo no podía descubrir aunque estudiara el tablero durante horas, y a la segunda movida, el tipo te hacía un jaque. Como a mí nunca me gustó mucho eso de perder, no encontraba salida más decorosa que sacudirle con furia los alfiles, peones y reina por la cabeza, clavarle las uñas en los antebrazos y rodar a las trompadas limpias por las baldosas hasta el pasto. Calladitos la boca, eso sí.
Después "el negro" se quedaba leyendo patoruzito con los demás, que por supuesto hacían yunta con él, de tan calzonudos que eran, y yo malherida, despeinada y altanera, me exiliaba en el escritorio. Me sentaba cerca de la ventana para que me vieran y garabateaba en una hoja haciendome la misteriosa, pero ellos ni bola.
Así, desterrada por mal perdedora y embolada de escuchar roncar a mi abuelo del otro lado del pasillo, fué que se me ocurrió hacer algo con los garabatos, y salió novela.
Empecé por el título, La vida no es color de rosa. Era un tanto pretencioso, pero sonaba copadísimo.
Fatalista por derecho, y con las bondades de poseer una imaginación florida, andaba por todos lados con un block de hojas que me habían traído los reyes, llenando páginas con las ideas que brotaban a borbotones y que escondía celosamente no sé de quien, pero el plan era seguir generando misterio a mi alrededor.
No me acuerdo exactamente la trama, pero tenía castillo, gente malamalísima que eran los millonarios, y gente buenabuenísima, que eran los crotos, obvio. Una historia con todos los condimentos para convertirse en culebrón, digamos.
Pero resultó que, en el entusiasmo de principiante, se me había ido un poco la mano con la cantidad de personajes creados. Tenía que ir cerrando el tema por falta de espacio en block, y el pequeño detalle técnico afloraba.
Resolver la vida de mis criaturas en media página, era lo que me quitaba el sueño por esos días de calores entrerrianos.
El genial fin se me reveló una mañana, cuando volviamos del pueblito vecino, de hacer algunas compras, y de la mano de un viejo tío escritor de la familia, Julio Irazusta.
Entonces agarré y metí buenos-malos-huérfanos-ricos-pobres-la bibliayelcalefón en un colectivo, los mandé a comprar el pan y el diario a la Aldea San Antonio, y en trágico choque, los maté a todos.
Y me fuí a cazar renacuajos al estanque, con Panchito que ya me había perdonado.
El estanque con sus renacuajos, las excursiones al casco viejo y las cabalgatas a pelo hasta la casa de las gringas, quedaban vedados hasta nuevo aviso.
Después de comer, los primos nos sentabamos en la galería de las hortensias, al fresquito de la sombra para aburrirnos soberanamente y esperar el fin del toque de queda, a eso de las cinco. Jugabamos al ajedrez en oficio mudo. Panchito, uno de los primos del medio, se sabía una jugada buenísima, que yo no podía descubrir aunque estudiara el tablero durante horas, y a la segunda movida, el tipo te hacía un jaque. Como a mí nunca me gustó mucho eso de perder, no encontraba salida más decorosa que sacudirle con furia los alfiles, peones y reina por la cabeza, clavarle las uñas en los antebrazos y rodar a las trompadas limpias por las baldosas hasta el pasto. Calladitos la boca, eso sí.
Después "el negro" se quedaba leyendo patoruzito con los demás, que por supuesto hacían yunta con él, de tan calzonudos que eran, y yo malherida, despeinada y altanera, me exiliaba en el escritorio. Me sentaba cerca de la ventana para que me vieran y garabateaba en una hoja haciendome la misteriosa, pero ellos ni bola.
Así, desterrada por mal perdedora y embolada de escuchar roncar a mi abuelo del otro lado del pasillo, fué que se me ocurrió hacer algo con los garabatos, y salió novela.
Empecé por el título, La vida no es color de rosa. Era un tanto pretencioso, pero sonaba copadísimo.
Fatalista por derecho, y con las bondades de poseer una imaginación florida, andaba por todos lados con un block de hojas que me habían traído los reyes, llenando páginas con las ideas que brotaban a borbotones y que escondía celosamente no sé de quien, pero el plan era seguir generando misterio a mi alrededor.
No me acuerdo exactamente la trama, pero tenía castillo, gente malamalísima que eran los millonarios, y gente buenabuenísima, que eran los crotos, obvio. Una historia con todos los condimentos para convertirse en culebrón, digamos.
Pero resultó que, en el entusiasmo de principiante, se me había ido un poco la mano con la cantidad de personajes creados. Tenía que ir cerrando el tema por falta de espacio en block, y el pequeño detalle técnico afloraba.
Resolver la vida de mis criaturas en media página, era lo que me quitaba el sueño por esos días de calores entrerrianos.
El genial fin se me reveló una mañana, cuando volviamos del pueblito vecino, de hacer algunas compras, y de la mano de un viejo tío escritor de la familia, Julio Irazusta.
Entonces agarré y metí buenos-malos-huérfanos-ricos-pobres-la bibliayelcalefón en un colectivo, los mandé a comprar el pan y el diario a la Aldea San Antonio, y en trágico choque, los maté a todos.
Y me fuí a cazar renacuajos al estanque, con Panchito que ya me había perdonado.
2 feb 2010
Rapunzel
Siempre quise tener el pelo largo. Larguísimo. De chica lloraba horas enteras ante el espejo del baño, cuando madre decidía, cada dos meses mas o menos, retocar mi cortecito carré con tijera y sin piedad. Cinco centímetros bajo la oreja, era lo políticamente correcto. Raya al costado, y hebillita de carey. Un embole.
Como a los doce madre perdió todo interes en mí, y me dejó hacer. La libertad llegó con el boleto de colectivo de línea para ir hasta las clases de inglés, los vueltos enteros para comprar chicles jirafa y muchos elastiquitos de colores que ataran mi cada vez más larga cola de caballo.
Durante la adolescencia, mi pelo resistió eterno, con ondas e impoluto, sin sucumbir a la tentación del rubio platinado, que fué marca registrada allá por los noventa. Bueno, con la excepción de un mechón que me desteñí un verano en el mar, cuando me hize también un tatuaje de mentirita en el tobillo derecho.
Hoy que intento parecer adulta, sigo resistiendome a cortarlo. Me gusta, me resulta cómodo,y cuando no, armo rodete despejando la nuca con dos palitos chinos, ponele. Y acabose el tema.
A veces, sobre todo cuando empiezo peligrosamente a asemejarme a Cris Morena, reconozco que amerita un corte.
Entonces, acudo a peluquero amigo, que comprende concepto "solo las puntas", y entiende cuando alguien como yo describe lo que quiere repitiendo palabras como onda, capas y cortá poquito.
Cortá pero que no se note.
Porque yo lo quiero largo, largo...
Para hacer una trenza gigante y fuerte,que pueda tirar desde mi torre, y que él pueda subir por ella hasta mí. Siempre. Sin puertas.
Como a los doce madre perdió todo interes en mí, y me dejó hacer. La libertad llegó con el boleto de colectivo de línea para ir hasta las clases de inglés, los vueltos enteros para comprar chicles jirafa y muchos elastiquitos de colores que ataran mi cada vez más larga cola de caballo.
Durante la adolescencia, mi pelo resistió eterno, con ondas e impoluto, sin sucumbir a la tentación del rubio platinado, que fué marca registrada allá por los noventa. Bueno, con la excepción de un mechón que me desteñí un verano en el mar, cuando me hize también un tatuaje de mentirita en el tobillo derecho.
Hoy que intento parecer adulta, sigo resistiendome a cortarlo. Me gusta, me resulta cómodo,y cuando no, armo rodete despejando la nuca con dos palitos chinos, ponele. Y acabose el tema.
A veces, sobre todo cuando empiezo peligrosamente a asemejarme a Cris Morena, reconozco que amerita un corte.
Entonces, acudo a peluquero amigo, que comprende concepto "solo las puntas", y entiende cuando alguien como yo describe lo que quiere repitiendo palabras como onda, capas y cortá poquito.
Cortá pero que no se note.
Porque yo lo quiero largo, largo...
Para hacer una trenza gigante y fuerte,que pueda tirar desde mi torre, y que él pueda subir por ella hasta mí. Siempre. Sin puertas.
Requiem para la galera de un mago
-"Bancáme un segundo,eh? Bancá..." Le pido haciendo seña con mano derecha de uñas recien pintadas, al zorro gris que espera paciente bajo el inclemente sol de mediodía tandilense. Desabrocho cinturón de seguridad, pongo freno de mano, y me bajo, porque ahí adentro no puedo. No sé porqué, pero no puedo, yo.
Me siento en el cordón de la vereda con la cartera gigante de cosas tan necesarias para la supervivencia diaria. No vá a ser fácil encontrar el carnet, me parece que lo sabe, pero no dice nada él. Solamente me mira, desde ahí arriba, y abre los ojos cada vez un poco más.
Formo filita con mis pertenencias, a saber: esmalte de uñas frambuesa, crema para la cara, otra para las manos, una lapicera cross y una bic, agendas años 2008 y 2009 (dos diez todavía no tengo),varios sugus verde claritos que no me gustan y siempren quedan, un paquete de pañuelos descartables, una linternita amarilla, anteojos para sol, anteojos para ver, anteojos para leer, billetes de dos pesos y uno de diez, monedas de centavos, pounds y ten pences, un pintalabios de princesas disney, entradas de cine de hace como una semana, tickets de Monarca, Disco y Falabella, llaves de mi casa, de la de Vicky y de la de Mili, un control remoto que no sé de donde salió, el celular no, obvio,porque me lo olvidé en Butik, un diente de leche y, junto con la tarjeta de débito y las cuatro azules de la pre-paga, vé la luz,por fin, el buscadísimo carnet pedido.
Se lo extiendo, victoriosa, tapando con el pulgar la foto, de tan coqueta que soy.
"Es que abrir mi cartera es como entrar al ropero de Narnia, viste?", digo para justificar tanta pérdida de tiempo.
Me devuelve el carnet, serio. Y mientras ayuda a que todo vuelva a su lugar, me desea que tenga un buen día. Le dejo los sugus manzana. Total, no sabe.
Y se rie, eh?. Zorro se rie, no más.
Me siento en el cordón de la vereda con la cartera gigante de cosas tan necesarias para la supervivencia diaria. No vá a ser fácil encontrar el carnet, me parece que lo sabe, pero no dice nada él. Solamente me mira, desde ahí arriba, y abre los ojos cada vez un poco más.
Formo filita con mis pertenencias, a saber: esmalte de uñas frambuesa, crema para la cara, otra para las manos, una lapicera cross y una bic, agendas años 2008 y 2009 (dos diez todavía no tengo),varios sugus verde claritos que no me gustan y siempren quedan, un paquete de pañuelos descartables, una linternita amarilla, anteojos para sol, anteojos para ver, anteojos para leer, billetes de dos pesos y uno de diez, monedas de centavos, pounds y ten pences, un pintalabios de princesas disney, entradas de cine de hace como una semana, tickets de Monarca, Disco y Falabella, llaves de mi casa, de la de Vicky y de la de Mili, un control remoto que no sé de donde salió, el celular no, obvio,porque me lo olvidé en Butik, un diente de leche y, junto con la tarjeta de débito y las cuatro azules de la pre-paga, vé la luz,por fin, el buscadísimo carnet pedido.
Se lo extiendo, victoriosa, tapando con el pulgar la foto, de tan coqueta que soy.
"Es que abrir mi cartera es como entrar al ropero de Narnia, viste?", digo para justificar tanta pérdida de tiempo.
Me devuelve el carnet, serio. Y mientras ayuda a que todo vuelva a su lugar, me desea que tenga un buen día. Le dejo los sugus manzana. Total, no sabe.
Y se rie, eh?. Zorro se rie, no más.
1 feb 2010
Every breath you take
Levantar ropa tirada por el piso, juntar libros y juegos que no llegaron a ordenar,
destaparlos un poco cuando el calor no se soporta y correrles el pelo de la cara para verlos así, cada vez menos míos y mas dueños de sus propios caminos.
Acariciar sus perfiles suaves que van adoptando día a día los rasgos por los que trabajo duro, sin cansancio. Rasgos de gente de bien, de buena madera.
Y acercarme tanto, tanto, para escucharlos respirar.
Que nunca dejen de hacerlo.
Mirar mis hijos dormir es reconciliarme con la vida todas las noches.
destaparlos un poco cuando el calor no se soporta y correrles el pelo de la cara para verlos así, cada vez menos míos y mas dueños de sus propios caminos.
Acariciar sus perfiles suaves que van adoptando día a día los rasgos por los que trabajo duro, sin cansancio. Rasgos de gente de bien, de buena madera.
Y acercarme tanto, tanto, para escucharlos respirar.
Que nunca dejen de hacerlo.
Mirar mis hijos dormir es reconciliarme con la vida todas las noches.
31 ene 2010
Mam
El calor afloja. Y hace que Buenos Aires sea casi tolerable bajo mis chatitas animal print.
Las caras terribles de ayer se disipan. Aparece el gesto amable del señor quiosquero y la sonrisa genuina del mozo de turno. Todos somos buena gente, otra vez. Hasta que el termómetro dicte lo contrario.
Tomamos cortados en jarrito y coca light con mucha charla, en La Biela con Tomás, un ritual que tiene la particularidad de dejarme lisita y mansa, como una siesta de verano salteña.
Atardece rápido, y nos despedimos con las risas y mi promesa de continuar relato inconcluso, la próxima vez. Decido que ya es hora de la visita de rigor, y apuro, entonces, las dos cuadras que me faltan por Alvear, apretando librito entre las manos. Nunca sé que regalarle a ReinaMadre, y la opción-libro siempre me deja bien parada y rinde doble: no es gran lectora, pero al menos agradecerá efusiva, aunque sin dignarse siquiera a leer la contratapa. Y en pocas semanas volverá a mis manos, previsiblemente. Un auto regalo que me hago, ponéle.
El portero me saluda y entrega carta para el tercero A. Trato de espiar el montoncito que apila sobre el banco al lado del ascensor, quiero saber si son para la caricatura que se dice huérfana de presidente americano asesinado, y que te lee el pensamiento en el quinto piso por una nada módica cifra, pero no me deja. Las esconde como secreto de estado, y le hago pucherito y pestaneo muchas veces , mientras espero que avise que subo. "Sube la señorita", dice, el muy amoroso.
ReinaMadre me espera con la puerta abierta, adelante de la estatuachinatraídadechina, que asusta siempre a los bisnietos mas chicos, al punto de hacerlos pegar la vuelta y entrar por el cuarto de servicio. La eterna colonia inglesa se mezcla con el olor de la casa cuando me besa dos veces en el aire, y me invita a pasar.
Vá y viene por el comedor oscuro, corriendo cortinados, dando órdenes para la mise en scène de la que seremos únicas protagonistas. La hora habilita, junto con el té-comida que es su especial forma de agasajo, a tragos mas fuertes que el lapsang souchong. Ofrece gin & tonic y margarita (noto que pronuncia marguerita), para acompañar el budín con canela de Cata, la paraguaya que la sobrevive a diario, y los sandwichitos que son de supermercado aledaño. Supongo que bajé un par de escalones en su estima y ya no ostento rango Dos escudos. Menos ahora, que existe suplente en la vida de nieto mayor y ex marido, respectivamente. ReinaMadre ya no lucha por imponer voluntades, pero no se resigna fácil: todavía me puedo ver entre los retratos que estan sobre la chimenea, vestida de novia junto a las demas novias de todas las generaciones familiares. Y yo agradezco el gesto, aunque no lo digo.
Mas tarde, en el living, hablamos bastante sin decir casi nada, y observo que bebe mucho y sigue fumando larguísimos Benson & Hedges, como la verdadera, la de corona de oro y kilt escocesa. Busco, en las penumbras, la cigarrera de plata que tiene sobre una mesita baja y elijo uno finito y mentolado, que enciendo junto al ventanal que dá sobre Callao. Apoyada sobre el marco, las luces de los autos que bajan hacia la esquina me reflejan de manera intermitente sobre el espejo grande. Como una Lady Di, pero en jeans y con pelo largo. Sin el Pont de l'Alma, eso si.
Y juro que casi me la creo.
Las caras terribles de ayer se disipan. Aparece el gesto amable del señor quiosquero y la sonrisa genuina del mozo de turno. Todos somos buena gente, otra vez. Hasta que el termómetro dicte lo contrario.
Tomamos cortados en jarrito y coca light con mucha charla, en La Biela con Tomás, un ritual que tiene la particularidad de dejarme lisita y mansa, como una siesta de verano salteña.
Atardece rápido, y nos despedimos con las risas y mi promesa de continuar relato inconcluso, la próxima vez. Decido que ya es hora de la visita de rigor, y apuro, entonces, las dos cuadras que me faltan por Alvear, apretando librito entre las manos. Nunca sé que regalarle a ReinaMadre, y la opción-libro siempre me deja bien parada y rinde doble: no es gran lectora, pero al menos agradecerá efusiva, aunque sin dignarse siquiera a leer la contratapa. Y en pocas semanas volverá a mis manos, previsiblemente. Un auto regalo que me hago, ponéle.
El portero me saluda y entrega carta para el tercero A. Trato de espiar el montoncito que apila sobre el banco al lado del ascensor, quiero saber si son para la caricatura que se dice huérfana de presidente americano asesinado, y que te lee el pensamiento en el quinto piso por una nada módica cifra, pero no me deja. Las esconde como secreto de estado, y le hago pucherito y pestaneo muchas veces , mientras espero que avise que subo. "Sube la señorita", dice, el muy amoroso.
ReinaMadre me espera con la puerta abierta, adelante de la estatuachinatraídadechina, que asusta siempre a los bisnietos mas chicos, al punto de hacerlos pegar la vuelta y entrar por el cuarto de servicio. La eterna colonia inglesa se mezcla con el olor de la casa cuando me besa dos veces en el aire, y me invita a pasar.
Vá y viene por el comedor oscuro, corriendo cortinados, dando órdenes para la mise en scène de la que seremos únicas protagonistas. La hora habilita, junto con el té-comida que es su especial forma de agasajo, a tragos mas fuertes que el lapsang souchong. Ofrece gin & tonic y margarita (noto que pronuncia marguerita), para acompañar el budín con canela de Cata, la paraguaya que la sobrevive a diario, y los sandwichitos que son de supermercado aledaño. Supongo que bajé un par de escalones en su estima y ya no ostento rango Dos escudos. Menos ahora, que existe suplente en la vida de nieto mayor y ex marido, respectivamente. ReinaMadre ya no lucha por imponer voluntades, pero no se resigna fácil: todavía me puedo ver entre los retratos que estan sobre la chimenea, vestida de novia junto a las demas novias de todas las generaciones familiares. Y yo agradezco el gesto, aunque no lo digo.
Mas tarde, en el living, hablamos bastante sin decir casi nada, y observo que bebe mucho y sigue fumando larguísimos Benson & Hedges, como la verdadera, la de corona de oro y kilt escocesa. Busco, en las penumbras, la cigarrera de plata que tiene sobre una mesita baja y elijo uno finito y mentolado, que enciendo junto al ventanal que dá sobre Callao. Apoyada sobre el marco, las luces de los autos que bajan hacia la esquina me reflejan de manera intermitente sobre el espejo grande. Como una Lady Di, pero en jeans y con pelo largo. Sin el Pont de l'Alma, eso si.
Y juro que casi me la creo.
28 ene 2010
Una palabra
Parecíamos los bicivoladores. Y nos la creíamos, que era lo tierno de todo el asunto.
Yo volaba en una aurorita amarillodorado, que fué la que me acompañó como hasta los doce, levantandole el asiento cada año que pasaba. Los I eran mis vecinos, y el mas grande tenía una bici de cross, que era lo más. Por eso era el jefe, obvio. Y aparte porque, por esos tiempos, era el único que sabía escribir con el jugo de las hojas de una planta pinchuda en las callecitas del barrio militar donde vivíamos.
Una tarde de invierno, después de los deberes hechos y el nesquick liquidado, la bandita planeaba llegar hasta el ombú de la iglesia, porque sabíamos que ahí dormía hasta casi entrada la noche, una borracha. Que, encima, era bruja, según los dichos de algunas maids. Los valientes adelante. La aurorita amarillodorada secundando la de cross, no podría haber sido de otra manera, y detrás el resto, muertos de miedo, pero sin animarse a contrariar al caudillo y su delfina.
Una cuadra antes de llegar, desde donde ya se veía el árbol y se intuía la figura echada a las raíces, bicicross detiene la marcha. Busca una hoja de la planta pinchuda, la parte y escribe en el cordón de la vereda de las chicas R . Después gira, y me pregunta si conozco esa palabra, escrita ahí con sangre verde.
Con el pie izquierdo sobre el pedal, y el otro apoyado sobre el asfalto, prefería morir arrollada por un tren o secuestrada por el Erp antes de reconocer mi ignorancia. Sin responder la pregunta, levanté la pera, la nariz al cielo, y tirando un poco las trenzas para atrás, elevé hombrito y salí pedaleando airosa, hacia donde nos esperaban los demás.
Ese día leí por primera vez la palabra coger.
Años mas tarde, descubrí lo que significaba.
Y mucho, mucho tiempo después, lo bueno que estaba.
Yo volaba en una aurorita amarillodorado, que fué la que me acompañó como hasta los doce, levantandole el asiento cada año que pasaba. Los I eran mis vecinos, y el mas grande tenía una bici de cross, que era lo más. Por eso era el jefe, obvio. Y aparte porque, por esos tiempos, era el único que sabía escribir con el jugo de las hojas de una planta pinchuda en las callecitas del barrio militar donde vivíamos.
Una tarde de invierno, después de los deberes hechos y el nesquick liquidado, la bandita planeaba llegar hasta el ombú de la iglesia, porque sabíamos que ahí dormía hasta casi entrada la noche, una borracha. Que, encima, era bruja, según los dichos de algunas maids. Los valientes adelante. La aurorita amarillodorada secundando la de cross, no podría haber sido de otra manera, y detrás el resto, muertos de miedo, pero sin animarse a contrariar al caudillo y su delfina.
Una cuadra antes de llegar, desde donde ya se veía el árbol y se intuía la figura echada a las raíces, bicicross detiene la marcha. Busca una hoja de la planta pinchuda, la parte y escribe en el cordón de la vereda de las chicas R . Después gira, y me pregunta si conozco esa palabra, escrita ahí con sangre verde.
Con el pie izquierdo sobre el pedal, y el otro apoyado sobre el asfalto, prefería morir arrollada por un tren o secuestrada por el Erp antes de reconocer mi ignorancia. Sin responder la pregunta, levanté la pera, la nariz al cielo, y tirando un poco las trenzas para atrás, elevé hombrito y salí pedaleando airosa, hacia donde nos esperaban los demás.
Ese día leí por primera vez la palabra coger.
Años mas tarde, descubrí lo que significaba.
Y mucho, mucho tiempo después, lo bueno que estaba.
mal timing
El timing lo decide todo.
Nos resignamos a suponer amor no correspondido al amor a destiempo,
que es una tragedia infinítamente peor, pero evitable.
Supongo que debí escribir esto mucho antes.
O mucho después.
Nos resignamos a suponer amor no correspondido al amor a destiempo,
que es una tragedia infinítamente peor, pero evitable.
Supongo que debí escribir esto mucho antes.
O mucho después.
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