28 oct 2009

Oda a un amor furioso

Llegó a mi vida no sé cuando,
y se fué de la misma manera.
Era de pana rosa oscuro que fué virando
con el tiempo a un color indefinido,
gris-marrón-verdoso,diría yo.
Las orejas dejaron de serlo,por impiadosos
ataques de curiosidad:quería saber de que estaba hecho,
como si no supiera que en vez de estopa,
estaba relleno de paciencia.
Los ojos no cambiaban de color según el cielo,
como los míos. Mas bien cambiaban de estado y forma
según el temperamento de la dueña:Hoy,
botones de nácar blancos,mañana,
dorados y brillantes escudos
de un viejo saco militar.
De la nariz se ocupó una piedra pómez,
que tiene iniciado un juicio por mala práxis.
Soportó con entereza el olvido de una amante despechada:
eternas noches frías entre las ramas de un árbol,
agonizantes siestas de playa en la luneta del falcon..
Sabía que,a cambio,la recompensa era dulce:
siempre volvería a él,mi primer amor,
con lágrimas de cocodrilo,implorando el perdón que no necesitaba
y asfixiandolo con un abrazo egoísta.

Hoy,buscando entre fotos viejas,lo volví a ver.
No lo reconocí de inmediato
porque estaba radiante y entero,
pero no podía ser mas que él, entre mis brazos,
formando parte de un cortejo
de vaya a saber que casamiento.

Me hubiera gustado ser Pablo y chileno
para describir tanto amor.
SerOsito me quiso, y a veces...
a veces, yo también lo quería.