Estar resfriada vendría a ser algo así como una penitencia que me impone la memoria.
Suelo tener un registro particular de olores, que asocia situaciones, lugares y estados de ánimos a los olores que me los recuerdan.
Un domingo a la tarde, por ejemplo, tiene olor a scons, a frío y a sol de mayo. El campo en verano huele a traspiración de caballo. La colonia inglesa es mañana temprano, pelo húmedo y zapatos canadienses lustrados.
Mi olor, es el del perfume que uso todos los días, pero que no reconozco como mío si lo huelo en un papelito, o en otra persona, ponéle.
También asocio una marca determinada, a gente en diferentes momentos de su vida. El Anaïs Anaïs es olor a Vicky cuando-eramos-chicas, el flowers de Kenzo, en vez, es Vicky en-Ezeiza-llorando todos los septiembres, en cada despedida. Kenzo es triste para mí.
O el olor del perfume que tenía la mujer de papá, la noche que me fué presentada como tal, en una parrichota de Belgrano R.,y que quedará ligado a esa situación eternamente.
Pasaron tantos años, y sin embargo, al descubrirlo en la calle, en medio de un surco soporífero dejado por alguna señora chillona (aunque sea la versión barata de catalogo de cosmetóloga, igual califica),me vuelve esa extrañísima sensación de patada en el hígado que tuve aquel día.
El del Poison será siempre olor a conchuda.
5 jun 2010
3 jun 2010
Escribiendo
Quiero el libro de la risa y el olvido de Milan Kundera, y no lo encuentro. Acá se vé que lo que sale como pan caliente son los best sellers, no más.
Entonces me enojo, me rebelo, me indigno. Aunque no es tan terrible, después de todo: lo encargan, lo piden, lo traen, me llaman, lo busco, lo tengo. No es eso lo terrible. Es algo adentro mío, y no sé bien qué. Por eso escribo. Para tratar de poner orden a lo que me pasa por la cabeza. Como hice siempre, como sigo haciendolo todos los días, tipo ritual.
Y ya no puedo parar de escribir.
Escribir me ayuda a organizar mi interior. A entenderme. A conocerme.
descubro cosas que no sabía que estaban ahí, tan metidas adentro, y yo ni idea que existían. Me sorprende. Me gusta dejarlas ir. Me gusta escuchar lo que escribo.
Escribir calma. reconforta. ayuda. alivia.
Gracias a Dios, las palabras.
Entonces me enojo, me rebelo, me indigno. Aunque no es tan terrible, después de todo: lo encargan, lo piden, lo traen, me llaman, lo busco, lo tengo. No es eso lo terrible. Es algo adentro mío, y no sé bien qué. Por eso escribo. Para tratar de poner orden a lo que me pasa por la cabeza. Como hice siempre, como sigo haciendolo todos los días, tipo ritual.
Y ya no puedo parar de escribir.
Escribir me ayuda a organizar mi interior. A entenderme. A conocerme.
descubro cosas que no sabía que estaban ahí, tan metidas adentro, y yo ni idea que existían. Me sorprende. Me gusta dejarlas ir. Me gusta escuchar lo que escribo.
Escribir calma. reconforta. ayuda. alivia.
Gracias a Dios, las palabras.
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