7 feb 2010

Los pies de papá

En lentas conversaciones con su padre iba
por fin limando la distancia que siempre los
había separado.
Después se despertaba.
( Ella contaba cuentos Chinos,
de Rosalba Campra)

-Bueno, flaca. Venite. Ya pasó.
Ay no...Ya?
Recién llegaba y le estaba dando de mamar a mi hijo recién nacido. En el camino de vuelta había pensado todo el tiempo en los pies de papá. Llovía y hacía mucho frío y la gente se peleaba por subir al colectivo antes que todos. Alguno me habrá puteado en silencio cuando no me movía del asiento en la siguiente parada, pero yo miraba las gotas que caían por la ventanilla y hacía como que no me daba cuenta.
Papá usaba borceguies cuando jugaba a la guerra y unas botas marrones si montaba, pero cuando estaba en casa andaba descalzo. Madre se quería morir, le parecía un espanto, un horror inconcebible. Un atropello a la urbanidad. Sobre todo cuando había invitados a la hora del té. A mi sí me gustaba, y lo esperaba para sacarme las esquipis transparentes y jugar una lucha de dedos de las que siempre salía campeona con medalla de honor y todo.
Yo era tan chica, y por supuesto, no sabía lo que traían esos zapatos que quedaban en la puerta de entrada de servicio. En mi historia existían los montoneros, que eran los chicos malos. Y nos iban a matar si no salíamos del barrio acostados sobre el asiento del falcon, escondiéndonos. Y, obvio, eso era lo mas natural del mundo. Volvía del jardín y le contaba a la maid: Adiviná que?? Hoy no me mataron!
Y no había otra parte del cuento. En verdad si la había, pero la descubrí años despues, y nadie me la contó. Fué una suerte antagónica de perdones y culpas. De olvidos y de no-me-voy-a-olvidar-nada, pero siempre supe que los pies de papá, los que luchaban conmigo, descalzos,no tenían nada que ver con sus otros pies, los que caminaban por el Campo de Mayo. Eso me ayudó a volver.
Por eso estaba ahí esa tarde que llovía afuera y adentro del hospital, y hacía frío.
Siempre hace frío en el hospital militar. y los días son grises y húmedos,aunque se les ordene que no lo sean.
Uno de mis hermanos le tocaba la cabeza mientras la enfermera soldado le limpiaba la sonda. Ya no reconocía a nadie. A veces me acercaba un poco y me decía algo. Una voz deformada, la voz de otro. Cero de la huella musical que podía escuchar en la de él. Ese no era mi papá.
Salvador, el mas chico de nosotros, se sentó en el borde de la cama y y ví como empezaba a acariciarle despacio y uno a uno los dedos del pie.
Sí que era papá.
Me quedé mirando por la ventana que daba a Luis M. Campos y me puse a llorar como una histérica.
-Que te pasa,boluda??
-Nada, forro. es que me dá nostalgia ver el 67. que se yó.
-Porqué no te vas a Libertador y dormis un rato? Estás cansada... Si pasa... te llamo.
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-Bueno, flaca. Venite. Ya pasó.
Ay no...Ya?