La lunala no tenía forma definida. Ni siquiera color, porque se suponía que era del color del mar, y para mí el mar tiene el color que se le canta, y cambia a cada rato.
La verdad es que tampoco me lo cuestionaba mucho. La lunala era la lunala, y punto.
Supongo que en algún momento debo haber intuído que era algo mágico, como los amigos invisibles que los grandes nunca pueden ver, y si los tuvieron ya no los recuerdan, porque tampoco preguntaba a ningún mayor por esa cosa indefinida, que aceptaba casi con indiferencia.
Un día, formando para saludar a la bandera, debo haber crecido de golpe, porque separé las sílabas de otra manera y canté así:
Azul-un-ala del color del cielo,
Azul-un-ala del color del maaaar...
Y la lunala desapareció para siempre.
Como los reyes magos.