6 mar 2010

Muy minita

Tengo días, a veces semanas enteras, que me levanto cada mañana de mi cama y apoyo los pies en el mundo casi como esas personas decididas, independientes y absolutamente seguras de sí misma. Entonces me puedo llevar la vida por delante, atropellarla y, encima, enfrentarte al zorro gris que me hace la injusta boleta por abollarle el chasis a La Vida (que eso no se hace, Nunca), así, con las manos en jarra sobre la cintura, desafiándolo con un léxico que, por supuesto, lo marea, y como bonus track, arrugarle la nariz en adorable gesto y todo.
Esos días te puedo pelear a morir el precio de los tomates cherrys con la misma pasión con la que te desbancaría una mesa de guita de mega banco con casa matriz en N.Y. City, ponéle.
Y te la remo con los chicos, la maid que falta los lunes de manera incondicional, con el mecánico que es un ladrón, el pool del cole, los horarios que never-but-never coinciden jamás, y muchísimo más.
Pero hay veces que quiero quedarme mas tiempo en la cama, y que un brazo fuerte me cruze por los hombros y estar así mucho rato. Y que después me cambien los foquitos que se me queman y que no alcanzo ni con dos sillas superpuestas, y que me cuelguen los cuadros con precisión quirúrgica y nó a mi estilo , que vendría a ser tipo lo que me sale y conformate con eso, y que me abran la lata de duraznos sin que corra sangre, y que me descorchen un vino con maniobra simple y sencilla ,para fascinarme con tamaña proeza, y sentir que el hombre en cuestión es todo lo que necesito en la vida, con musiquita cache de Cristian Castro en mi interior, y ese rollo de las estrellas que te llueven, y el mar azul y toda la bola.
Después de tantos años me vengo a enterar. Y si, resulta que me gusta un poco la mano masculina al rescate.
Parece que hay días que nó, y otros que sí, no más,
que soy muy minita.