28 ene 2010

Una palabra

Parecíamos los bicivoladores. Y nos la creíamos, que era lo tierno de todo el asunto.
Yo volaba en una aurorita amarillodorado, que fué la que me acompañó como hasta los doce, levantandole el asiento cada año que pasaba. Los I eran mis vecinos, y el mas grande tenía una bici de cross, que era lo más. Por eso era el jefe, obvio. Y aparte porque, por esos tiempos, era el único que sabía escribir con el jugo de las hojas de una planta pinchuda en las callecitas del barrio militar donde vivíamos.
Una tarde de invierno, después de los deberes hechos y el nesquick liquidado, la bandita planeaba llegar hasta el ombú de la iglesia, porque sabíamos que ahí dormía hasta casi entrada la noche, una borracha. Que, encima, era bruja, según los dichos de algunas maids. Los valientes adelante. La aurorita amarillodorada secundando la de cross, no podría haber sido de otra manera, y detrás el resto, muertos de miedo, pero sin animarse a contrariar al caudillo y su delfina.
Una cuadra antes de llegar, desde donde ya se veía el árbol y se intuía la figura echada a las raíces, bicicross detiene la marcha. Busca una hoja de la planta pinchuda, la parte y escribe en el cordón de la vereda de las chicas R . Después gira, y me pregunta si conozco esa palabra, escrita ahí con sangre verde.
Con el pie izquierdo sobre el pedal, y el otro apoyado sobre el asfalto, prefería morir arrollada por un tren o secuestrada por el Erp antes de reconocer mi ignorancia. Sin responder la pregunta, levanté la pera, la nariz al cielo, y tirando un poco las trenzas para atrás, elevé hombrito y salí pedaleando airosa, hacia donde nos esperaban los demás.
Ese día leí por primera vez la palabra coger.
Años mas tarde, descubrí lo que significaba.
Y mucho, mucho tiempo después, lo bueno que estaba.