Las siestas de Tata, en el campo, eran sagradas.
El estanque con sus renacuajos, las excursiones al casco viejo y las cabalgatas a pelo hasta la casa de las gringas, quedaban vedados hasta nuevo aviso.
Después de comer, los primos nos sentabamos en la galería de las hortensias, al fresquito de la sombra para aburrirnos soberanamente y esperar el fin del toque de queda, a eso de las cinco. Jugabamos al ajedrez en oficio mudo. Panchito, uno de los primos del medio, se sabía una jugada buenísima, que yo no podía descubrir aunque estudiara el tablero durante horas, y a la segunda movida, el tipo te hacía un jaque. Como a mí nunca me gustó mucho eso de perder, no encontraba salida más decorosa que sacudirle con furia los alfiles, peones y reina por la cabeza, clavarle las uñas en los antebrazos y rodar a las trompadas limpias por las baldosas hasta el pasto. Calladitos la boca, eso sí.
Después "el negro" se quedaba leyendo patoruzito con los demás, que por supuesto hacían yunta con él, de tan calzonudos que eran, y yo malherida, despeinada y altanera, me exiliaba en el escritorio. Me sentaba cerca de la ventana para que me vieran y garabateaba en una hoja haciendome la misteriosa, pero ellos ni bola.
Así, desterrada por mal perdedora y embolada de escuchar roncar a mi abuelo del otro lado del pasillo, fué que se me ocurrió hacer algo con los garabatos, y salió novela.
Empecé por el título, La vida no es color de rosa. Era un tanto pretencioso, pero sonaba copadísimo.
Fatalista por derecho, y con las bondades de poseer una imaginación florida, andaba por todos lados con un block de hojas que me habían traído los reyes, llenando páginas con las ideas que brotaban a borbotones y que escondía celosamente no sé de quien, pero el plan era seguir generando misterio a mi alrededor.
No me acuerdo exactamente la trama, pero tenía castillo, gente malamalísima que eran los millonarios, y gente buenabuenísima, que eran los crotos, obvio. Una historia con todos los condimentos para convertirse en culebrón, digamos.
Pero resultó que, en el entusiasmo de principiante, se me había ido un poco la mano con la cantidad de personajes creados. Tenía que ir cerrando el tema por falta de espacio en block, y el pequeño detalle técnico afloraba.
Resolver la vida de mis criaturas en media página, era lo que me quitaba el sueño por esos días de calores entrerrianos.
El genial fin se me reveló una mañana, cuando volviamos del pueblito vecino, de hacer algunas compras, y de la mano de un viejo tío escritor de la familia, Julio Irazusta.
Entonces agarré y metí buenos-malos-huérfanos-ricos-pobres-la bibliayelcalefón en un colectivo, los mandé a comprar el pan y el diario a la Aldea San Antonio, y en trágico choque, los maté a todos.
Y me fuí a cazar renacuajos al estanque, con Panchito que ya me había perdonado.