19 feb 2010

Fisher of mine

Cantáme algo , le decía desde la vereda de al lado, cuando salía de la casa de sus primos y lo veía sentado en la puerta, como tantas tardes de sábado. ahí en su puerta, la de los Fischer, el disfrutaba de la gente que le gustaba tanto.
Algo como qué, principesa? Porque la llamaba principesa, y a ella le parecía tan ridículo que se terminaba riendo mucho.
El la hacía reir aunque las canciones que le pedía eran tristes, tan tristes como los ojos azules que lo espiaban mientras acariciaba el acordeón, pero Enrique no decía nada. Y ella agradecía ese gesto, como las canciones que le regalaba sin negarse jamás de los jamases.
El oso? El oso de Moris, te sale?
A ver...
y le erraba un poco al tecladito ese del costado, y se hacía el payaso pero después tocaba un Moris perfecto que arrancaba lágrimas como el Adiós Nonino, que venía detrás, en el repertorio inventado para ese momento.
A veces le calzaba entre las trenzas que todavía llebava a pesar de ser casi adolescente, su boina colorada, y se la acomodaba al modo francés, decía él, que era un poco para adelante, medio de costado.
Ella apoyaba un codo en la rodilla y la mano en la pera, y pasaba un rato largo escuchándolo cantar las canciones de otros.
Después se iba, como todos los sábados, y no volvían a verse por varios meses. Pero la principesa se había reído y eso era lo importante.

Asi cantaba para ella, algunas tardes,
Pipo Pescador.
Lujo de unos pocos. Nada menos.