Hoy tengo unos de esos días buenos y no sé de qué. De repente el tiempo es un asco y los programas son chinísimos, bien de viernes a la tarde, o sea inesperados, como beba de hermana con fiebre en casa, y chicos desparrramados y eufóricos y después, entonces hay que salir a la lluviecita, con chiquita enferma en ancas, a recolectar hijos y tocar puertas para adivinar en lo de quién terminaron y seguramente volver con algún adosado y tener que tirar un par de pizzas más de las previstas al horno y un colchón en medio del living, y eso.
Así y todo , me doy un baño largo, larguísimo y siento la piel suave cuando me toco, ahí, casi a la altura de los hombros, y me rozo un poco y me huelo. Tengo olor a vainilla y coco, casi que me dan ganas de comerme a mi misma.
Después me ato el pelo con unos de esos ganchos que colecciono, me tiro encima un jogging gris y una remera de cuando jugaba al hockey, las zapatillas sin atar los cordones, el primer sueter que encuentro y un devaluado burberrys que descuelgo del perchero de la entrada.
Y salgo y vestida así, con bolsita de basura en mano, me cruzo a Vecino en el ascensor. Me mira extrañado. Como que no me reconociera en esas condiciones.
Hay veces que el exterior no condice con el interior de una misma.
Ya sé que parezco un cachivache, ya sé. Pero no sabés lo mona que tengo el alma hoy.
Una diosa.