Fuimos al Carrefour con Consu, a pesar de que era un quilombo de gente, y ya lo sabíamos. Buscamos lo que mas o menos nos gustaba para un té bien rico y programa de madre- hija, de esos que hacemos de vez en cuando.
Se quedó en la mesa de los libros, y eligió uno mientras yo iba de góndola en góndola tanteando quesitos y panes que valieran la pena.
Ella agarra un libro y me hace señas:
-Me lo comprás?
-Sí, dale. Llevalo.
No me fijé cuál era. Pagamos en la caja, guardamos todo, y ella agarra la bolsa y saca su libro, Mientras salíamos, empieza a leerme en voz alta.
El ruiseñor y la rosa.
Sigue leyendo mientras caminamos despacito. Ni nos damos cuenta de que la gente nos atropella, y pasa al lado nuestro con mala cara, malísima. Es tan lindo como lo cuenta. En algún momento dejamos de caminar, y la gente que seguía con la misma cara de orto, llevandonos por delante.
Y sigue leyendo. Cada tanto levanta la vista y me mira, y sigue, otra vez. Me emociono en algunas partes. Ella también. Se nos lleman los ojos de lágrimas que quedan ahi, medio contenidas, casi en el aire.
Llegamos al auto y ella sigue leyendo. No para de leer. Se sienta y se pone el cinturón de seguridad sin sacar los ojos de la página que lee.
Cuando llega la parte en la que el tipo le lleva la rosa a su amada y ella le contesta, nos miramos.Y sigue. Lee tan lindo!
Tenemos los ojos húmedos. Mientras vamos a casa hablamos del ruiseñor, del amor, del desamor, de los caprichos, las prioridades. Concluímos que el ruiseñor, finalmente, era el único que había entendido todo. El que creía en el amor de esos de verdad. El único.
Y nos quedamos calladas un ratito.
Me gusta ser madre de esta hija mía. Más que nada en el mundo.