20 mar 2010

La cuchara de Eva

Cuando murió Eva lloré mucho menos de lo que esperaba. Había sido la nana de mi generación y la anterior de la familia, y por supuesto, cuando lo fué de mi mamá, ya era vieja, como deben ser todas las nanas de verdad.
Se habla poco de ella en casa, sin embargo yo me acuerdo cada vez más, y son tantas las cosas que me la recuerdan, que ya es parte de lo cotidiano, algo bastante natural. A veces hasta me viene en sueños y tenemos unas charlas que hubiesen sido imposibles, mezcladas con otras que sí tuvimos, donde me contaba historias de cuando era chica y de sus hermanos, y de un corderito que había tenido, igual al que me regaló Tata un verano en La Delfina.
En una época, Eva cuidaba a una tía abuela mía, antiquísima como la casona de Plaza de Italia donde vivían, y adonde yo llegaba todos los días después del jardín. Siempre era invierno y hacía frío, o así me parecía a mí, cuando me trepaba a una maceta enorme que había pasando la reja de entrada, para alcanzar una manito de bronce que había en lugar de timbre, a la que le daba con ganas, hasta escuchar los pasos de Eva por el pasillo, que se acercaba rezongando y diciendo ya vá Mariquita (ella me decía Mariquita, si.) que poca paciencia,esta criatura, porque yo a esa altura ya estaba pateando la puerta, claro.
Entonces yo le ordenaba a los gritos, desde afuera: Sacá las vívoras, que me asustan, sabés Eva?, que eran unas rellenas de arena y estaban debajo de la puerta,con el firme propósito de no dejar pasar el viento, creo, y no eran vívoras, me decía ella,mientras las pisaba para demostrarmelo, pero igual me alzaba y me paraba sobre un sillón para desabrocharme los botones dobles del tapado, que eran interminables.
Después la perseguía suplicando para que me preparara una cremita que se llamaba natilla, (un nombre horripilante para algo tan rico). Desde un banquito que acercaba al lado de la cocina, yo podía ver como metía en la olla la cuchara de plata, que era la indicada para eso, y que cuando salía toda cubierta por la crema espesa y amarilla, significaba que estaba lista. Eva la soplaba un rato porque estaba hirviendo, y me la daba para chupar.
Me encantaba ese ritual, más que el postre en sí.
Hay muchos secretos que no están en las recetas escritas, ni en los libros de cocina.
Están en una cuchara de plata, que tengo que recuperar de alguna forma.