Llegar a la pileta para el sol mañanero, que es el que dá el mejor dorado. Y acordarse de rotar cada media hora, para conseguir un tostado parejo. Mientras, intentar leer un libro de García Marquez,pasando las hojas sin entenderlo demasiado, o estando en la luna...
Agarrar el bolso e irse sin dar demasiadas explicaciones,
parar en el mercadito para comprar un rico paté de hongos y pan francés. Y a la salida, porqué nó?, un ramo de jazmines que huelen tan a verano.
Llegar a casa y tomar un enorme vaso de agua fresca, preparar café, y sacarse la ropa para entrar, primero el pie izquierdo comprobando la temperatura perfecta, a una bañadera tibia y espumosa de tilo y menta.
Darse cuenta, al terminar de pintarse las uñas de color rubí, que lo que tarareabas era Arjona, y eso que el tipo no te cae...
Usar una crema nueva que deja la piel suavecita. Y sorprenderse porque todo sigue ahí, en el mismo lugar, aún despues de tantos años y tantos hijos.
Mas tarde ir hasta el ropero y sentarse enfrente, con todo el tiempo del mundo, a elegir: Vestido negro de algodón, que muestre las piernas, o jean y alguna remera clara y sin mangas, para que los hombros sean los protagonistas.
Buscar zapatos, cómodos o no tanto. Pero que te hagan caminar como una reina.
Desplegar todas las sombras, rimmel y brillos labiales que quepan en tu bolsito mínimo, y dar lugar a la transformación que, probablemente, solo una misma vea.
Y , por fin, el ritual último, el de antes de salir: Dos gotas de perfume en las muñecas y el cuello, como sutil indicador de por donde hay que empezar...
Tiene su encanto esto de prepararse para un hombre.
A mí no me digan que no...