14 nov 2009

Había una vez

En una comarca lejana,de un país perdido quien sabe donde

vivía una princesa rodeada de reales,masones y plebeyos

que la creían una mujer atrevida,medio tirana,desenfadada y

terriblemente mundana. Imágen que le llevó demasiado tiempo

construir junto a su espejo mágico.Y que era la que mas cómoda le

quedaba calzar. Tanto que llegó a convencerse de que ella era eso.y nada más.

Sus días transcurrían ,despreocupados,ofrecida a los placeres que dictaba

la moda entre sus pares,eventos palaciegos y absolutamente todo lo que

se les ocurra que podría hacer una princesa posta.

Pero todas las noches,a veces muy a pesar suyo,la princesa subía

por una escalera caracol a un cuartito en lo más alto de su torre,donde

sin maquillaje, joyas ni oropeles, daba rienda suelta a todo lo que

ocultaba dentro de sí:su secreto mejor guardado. En esa pequeña habitación

ella era ella,descalza.sin ataduras impuestas,sin reproches,sin juicios ajenos.

Un lugar donde reía muchas veces,donde lloraba otras tantas. Lleno de su

música prodigiosa,de arpas y violines que la invitaba a bailar, a soltarse el pelo

y abrir las puertas del balcón para fundirse en el frío de la madrugada sanadora.

Un lugar donde jugaba a ser Jeanne D'arc, Sissi la emperatriz, gitana de cascabeles,

sirena buscada por exploradores de mar.

Sin embargo una de esas noches, clarísima de luna,la sorprendió una sombra poderosa y furtiva
de algún probable noble-plebeyo-sapo besador,(vaya a saber que era y cuanto tiempo
llevaba allí),ahora conocedor y dueño de ella misma. Y se supo descubierta.

Cagamos...-dijo la princesa,con su habitual timidez.

Y cerrando la puerta de un golpe,


se fué.