Desafiando una ecografía poco clara,mi hija mayor nació con la imperiosa necesidad
de gritar a todos su condición de mujer.Sorprendiendo a los que allí estabamos esperándola,llegó a manos de la partera,misteriosamente peinada,con los ojos abiertos de par en par y sonriendole con picardía a un obstetra,que,aún diez años mas tarde,todavía recuerda su nombre.
Durante los días de aburrida estadía en el sanatorio,fué el perfecto maniquí de madre y tías primerizas.soportó encantada mil cambios de ropa,la prueba de todos los baberos y no dijo ni mú cuando un par de perlas quedaron instaladas definitivamente en sus orejas. Y así salió al mundo,como una diminuta Dalila con tijerita en mano a la espera de un Sansón desprevenido,blandiendo la coquetería como un arma triunfal,capaz de desarmar al mas desamorado de los quiosqueros,al mas estricto de los pediatras.
Abandonó el chupete con determinación admirable,cuando el rosa perdido fué reemplazado por un celeste pastel.
A los once meses dió su primer paso:un día después se subió a un par de tacos asesinos de plástico berreta,y ya no hubo manera de bajarla de ahí.No la convencieron las súplicas de una madre dolorosa,ni las ampollas que fué consiguiendo día a día,en esa lucha que solo las mujeres conocemos.
Desde su cumpleaños numero uno arrastró una carterita-corazón de peluche,de donde sacaba como una caja de pandora,anillos de brillantes de dudosa calidad,figuritas perfumadas,vinchas con flores flúo,voligomas con olor a uva,pincelitos y frasquitos atiborrados de brillantinas.
Pasó su primera infancia mendigando una pasadita de rouge adulto,unas gotas del mejor perfume,una vuelta por el living sobre los stilettos mas altos que existieran en la valija de la tía mas fashion.
Descubrió el maquillaje una mañana de reyes,en una paleta de sombras de colores poco discretos,y todos fuimos testigos,consternados,de su vehemencia para pintarse y su incapacidad de seguir el contorno de los labios,lo que la acercaba mas a un payaso en pedo, que a una princesa de cuentos.
El tiempo y una bicicleta la fueron llevando,sin que ella se diera cuenta,a otro lugar,mas austero y minimalista,un lugar que conoce de rodillas lastimadas,renacuajos de estanques y cabezas por donde todo puede pasar,menos un peine.
Lo que Consuelo no sabe, no intuye, ni siquiera imagina, es que todos los collares juntos volverán a su cuello. Todas las pulseras, todos los anillos, y hasta el pulso errático para definir contornos,cuando salga a jugar a la canasta con sus amigas,
exactamente cincuenta años mas tarde.